Las cárceles son un limbo en el que sobreviven los prisioneros; abandonados de toda sensibilidad social. Las prisiones son un infierno en el que "nadie" quiere estar, del que nadie quiere conocer. Las penitenciarías en España se construyen con intención de incumplir la ley que las regula.
jueves, 30 de junio de 2011
Ese perro se parece a mi...
O eso creía hasta esta tarde; es decir, no sólo lo pensaba, lo creía realmente. Ahora estoy seguro de que soy yo quien se parece a él. No, no se trata de ese parecido que todos hemos encontrado alguna vez entre dos animales que caminan uno a cada lado de una correa de cuero. Sería mejor para mí y para él que se tratase de eso. Pero no.
No es “mi perro”, siento un gran desprecio por este sentimiento de propiedad con que los humanos suelen tratar a otros animales, sobre todo aquellos a los que llaman “domésticos”, un simple y cruel eufemismo de esclavos. En realidad siento ciertas dosis de desprecio hacia cualquier sentimiento de propiedad, sobre todo cuando el objeto de esa comportamiento (los sentimientos suelen traducirse en comportamientos) es otro ser vivo. Tampoco es mi compañero, no vive conmigo.
Este perro es un perro. Simplemente, un can. Vive en una casa que está al final de la calle donde está mi “guarida” y es por esto que le veo muy a menudo, cuando me obligo a salir a pasear entre este absurdo paisaje que mezcla de manera insultantemente pródiga, asfalto y palmeras importadas de lugares exóticos por gente exótica, caprichosa o simplemente, indocumentada pero con poder, prisa y avaricia. Esta tarde estaba allí y hablamos...
No lo hicimos en el sentido literal, claro. Sin embargo es bien sabido que los perros entienden a los humanos y los humanos a los perros en ese idioma que está por encima de cualquier otro; entre otras cosas porque es mucho más sincero, tanto que a veces contradice a las palabras que se pronuncian al mismo tiempo; el lenguaje de los gestos, de las miradas, el lenguaje natural de este universo, ese que a veces usamos incluso para hablarle a las plantas; esos seres de los que creemos, erróneamente, que sólo poseen una cierta libertad vertical.
Es un perro pequeño, se ve que alguno de sus antepasados fue un caniche pero él es más bajito y a pesar de las mezclas, proporcionado. Es del color del trigo en agosto, tiene el pelo rizado y algunos rizos más largos de la cabeza le caen sobre los ojos. En eso nos parecemos algo, mi cabello a veces también se riza y me tapa la vista. Caprichos del viento que es aquí un compañero que de forma permanente se ha tomado el trabajo de traernos grandes cantidades de la fina arena del Sahara. Si no fuese porque el Atlántico está de nuestra parte ya seríamos un auténtico desierto. No me quejo, me gustan los paisajes desérticos, a menos que estos se encuentren en el propio corazón o en el de aquellos que nos rodean.
Me detuve al otro lado del asfalto, encendí un cigarrillo, mientras apoyaba mi espalda sobre el muro de la urbanización que está justo detrás y hablamos... Yo intuía que compartíamos más de un sufrimiento, esas cosas se saben con sólo mirarse a los ojos con sinceridad, los perros no saben mentir y a mi me supone un esfuerzo que casi nunca tengo ganas de realizar. Pero no esperaba que coincidiéramos en tanto; o no quería suponerlo. A veces las certezas producen más inquietud y más sufrimiento que las suposiciones.
- Y tu que miras capullo ? Preguntó como quien pregunta a alguien que no está allí. - Me tutea porque sabe que somos de la misma edad (las canas nos delatan).
- No es necesaria tanta agresividad perro. - Le recriminé
- Mira quien habla. Acaso crees que la agresividad sólo se muestra en las palabras ? La forma en que me miras también es agresiva, o por lo menos no es amistosa.
- Perdona perro. Me pareció que estabas triste, más que otros días y intentaba saber por qué.
- Vaya, habló de tristeza el más triste de los humanos que he visto por aquí en años. Por qué preguntas algo que ya sabes; estoy triste por lo mismo que tu.
- Puedo hacer algo por ti ? - Pregunté sinceramente.
- Cuando hayas sido capaz de hacer algo por ti mismo, por deshacerte de tu tristeza, vienes y me das lecciones. Mientras, déjame en paz. - Y levantándose se acercó a la esquina de su acera y orinó sobre una mata de hierbas.
Me pareció raro el gesto, teniendo una farola a diez metros. Así que pensé que no quería alejarse del portal. Nunca se aleja mucho de su portal. El cigarrillo se había acabado y la conversación también, me fui caminado hacia el palmeral y mientras lo hacía una pareja de alemanas con un perrito muy pequeño y muy feo pasaron cerca del perro trigueño para tirar algo en el contenedor de basura. Entonces pude ver como el perro triste se acercaba a olisquear al pequeñajo, que se asustó. Lo conozco, es uno de esos chuchos al que sólo sacan de casa una vez al día para que no engorde (desentonaría con la figura de su “dueña”). Y sentí envidia. Y además noté amargamente que sentí envidia del perro. De como en unos segundos había dejado de lado la tristeza para corretear alegremente (sonriendo) hacia el otro can. Al notar como el faldero retrocedió, él regresó a su portal adoptando una vez más esa actitud de matón de discoteca que no le va nada a su figura.
Y mientras caminaba reconocí que a mi también me hubiese gustado acercarme a la dueña del chucho y decirle algo amable, no sé, un: como está usted señorita ? (aunque resultaba muy evidente que estaba muy bien...). Nada importante, simplemente por el gusto de hablar con un ser humano (y de sentir su olor de cerca, no tan cerca y con tanto descaro como "perro", al menos no sin su permiso), y si acaso iniciar una pequeña conversación con palabras, aunque no fuese más que para constatar que el viento esta tarde no soplaba tan fuerte como ayer, si ella estaba de acuerdo y medía las ráfagas con los mismos instrumentos que yo.
A veces, cuando la soledad aprieta. Lo importante es hablar. De lo que sea, con quien sea, pero hablar.
Por lo demás la envidia no llegaba más allá. El perro esta viejo y solo. Yo estoy viejo y solo. Hablo de la verdadera soledad; no de la que se escoge para pasar la tarde leyendo un buen libro o para meditar a la luz de la luna. He de decir que este lugar es de los mejores del mundo para dedicar tiempo a mirar las estrellas, se ven todas con una claridad insuperable, lo que proporciona una sensación de cercanía muy reconfortante.
Estamos rodeados de otros perros, de otros humanos; pero estamos terriblemente solos y empezamos a sentir en lo más profundo de nuestros corazones que ya nadie nos quiere de verdad y, aún peor, que a nuestra edad este estado de cosas difícilmente va a cambiar. Que cada día seremos menos aceptados por nuestros respectivos grupos. Y con cierta amargura sentimos que claramente que nuestro tiempo ha pasado. Tempus fugit; escribió Virgio: “Sed fugit interea fugit irreparabile tempus”.
Nos ponen la comida en el plato, si. Pero en sus miradas vemos que creen que ya no la merecemos o que es un desperdicio y un gasto inútil. Nos lavamos, nos peinamos y nos acicalamos pero la imagen que nos devuelve el espejo hace tiempo que nos inquieta. Nos reconocemos pero ya vemos claramente que caminamos más cerca del cementerio que el año anterior. Y no es que nos importe demasiado morir, al menos a mi no me importa mucho, y creo que a los humanos que hemos vivido; que no es lo mismo que haber pasado por la vida, no nos da miedo la muerte.
Nos asusta el el abandono, el olvido, el desamor. A algunos también el dolor, pero el dolor físico es algo que ahora mismo tiene muchas soluciones. No, definitivamente lo que nos hace desgraciados es el desamor, al abandono, el olvido, la indiferencia de “los tuyos” y del resto de los humanos. No los desiertos de arena, sino los desiertos emocionales. La melancolía es como el buen cognac francés; en pequeñas dosis y cuando a uno le apetece es algo maravilloso. Tener que tomarlo a diario como una rutina o un rito social es una tortura y un peligro.
Mientras caminaba bajo el dosel de palmeras, lentamente, vi a una niña con un perro parecido a “perro”, cogido con una correa de cuero trenzado que intercambiaba unas palabras con otra niña más joven (la del perro debía haber vivido una docena de veranos, la otra no más de diez). Ella me miraba, lo noté de inmediato incluso cuando ya casi quedaba a mi espalda, de la misma forma que yo había mirado al perro no hacía ni media hora. Me dijo ¡Hola! En un español aprendido en casa al mismo tiempo que el alemán. Es un acento inconfundible. Padre alemán madre española, o al revés.
Volví la cabeza, la miré para asegurarme que era a mi a quien había saludado. Aunque no había nadie más lo suficientemente cerca, ni siquiera en nuestro campo visual. Entonces decidí hacerle un regalo y le dije: ¡Hola chica! Y vi como levantaba un poco los talones para estar a la altura de la chica que creyó ser, al menos por un momento; simplemente porque se lo había dicho un tipo mayor con el cabello largo y canoso cayendo sobre un chaleco de piel de ternera engrasada. Lo será pronto y su sonrisa era toda una promesa. Se sintió feliz y a mi me hizo feliz que una voz cálida y femenina, me hablase.
Fue la única conversación amable y sincera que he tenido en cuatro o cinco semanas. Se que es desolador, pero es la verdad. Quizá sería menos inhumano mentir sobre esto, quizá, pero no cambiaría la realidad, que es lo que necesitamos el perro y yo.
miércoles, 29 de junio de 2011
DIVENIRE
He estado retrasando este momento, pero hoy he de hacer esta introducción y empezar a colgar en este blog todo lo que me ha ido llegando a lo largo de los últimos meses; que es mucho. En realidad hace más de un año que se abrió con vocación de ser un “lugar de encuentro para todas las personas ligadas de una u otra forma a la Institución Penitenciaria Española”. Respetuosamente abierto a todas las opiniones al tiempo que implacable en el respeto a la libertad de expresión de quienes tengan algo que decir; pero sobre todo para los que han estado o están privados de ella o “encuentran problemas y barreras de todo tipo” para expresar aquello que les suele reventar el cerebro: la injusticia y la crueldad.
Empezaré por dar algunas explicaciones. El blog se llama “Carceleros” por muchos motivos pero el más importante es que: en sus manos (en las de todos los agentes del sistema que trabajan en las penitenciarías) está ese poder de impedir que la justicia o injusticia aplicada o consentida en los juzgados no se convierta en una doble penalidad para aquellos que la sufren, y que la crueldad no sobrepase los límites de lo humanamente soportable. Siempre teniendo en cuenta y en honor a la verdad que no son los “carceleros” quienes firman las órdenes de prisión ni las de libertad. “Sólo” son los encargados de administrar uno de los monopolios o recursos exclusivos del Estado, del sistema (que viene a formar parte del monopolio del uso de la violencia), el último y el más terrible de ellos: el punitivo
El 19 de noviembre de 2009 publiqué un artículo titulado “Declaración de Principios” y lo firmé como A.V.de B. Sigue siendo mi declaración de principios y “AVdeB” la firma que llevará todo lo que yo escriba para este blog. Porque casi nada ha cambiado y lo que ha cambiado viene a confirmar lo que en ese artículo se “revela” acerca del sistema. Fue escrito en parte desde la óptica y el recuerdo de lo que Aldous Huxley escribió en el 1932 para su libro “Un Mundo Feliz” y finalmente desde la mía, que está condicionada (podría decir: inspirada en la distopía) por lo que escribió Huxley (Un Mundo Feliz), Orwell (1984) y Ray Bradbury (Fahrenheit 451); pero también por los escritos, historias y filosofías de Marco Aurelio, Franz Kafka, Niccoló Machiavelli, Philip Zimbardo, Heródoto, Baruch Spinoza, Descartes y Platón. Que tanto influyeron en mi vida
No atados por esa declaración de principios; se publicarán artículos y series de artículos, escritos por otras personas siempre “estrechamente ligadas” al ámbito penitenciario español y cada cual firmará como quiera. Sólo se les pide que los artículos estén protegidos con licencias tipo: BSD, GPL, Creative Commons o cualquier otra no propietaria, restrictiva o ligada de alguna forma a cualquier sociedad de gestión de derechos de autor, española.
No se trata de una exigencia. Pero creo la libertad de expresión estará siempre mejor protegida por ese tipo de licencias. En principio, sólo yo estaré informado de la identidad de todos los colaboradores (por si en algún momento se requiere judicialmente “al blog”). En esos casos los autores y yo decidiremos si se facilitan datos personales o me reservo el derecho de no revelar las fuentes y apechugo con las consecuencias. Cosa que ocurrirá “por defecto” siempre que el autor esté aún en prisión.
La primera serie se llamará “Divenire”. El autor es un varón de ascendencia kurda/turkiya/armenia, educado por musulmanes en Turquía y emigrado, primero a Italia en los años 80 debido a la persecución de los Kurdos y después a España. Me ha pedido que de momento no aparezca su nombre y que en su lugar, el encabezamiento para todos los capítulos sea la “sura 15:9 del Qun'an”. Aparecerá enmarcada en árabe y la traducción literal es: “Nosotros hemos hecho descender el recuerdo y somos sus guardianes”. Para él estas palabras tienen, además del religioso, otro significado:
“De nosotros, los condenados, los convictos, los olvidados, depende guardar el recuerdo de lo que hemos vivido y si podemos, transmitirlo como única forma de sensibilizar a la sociedad acerca de la injusticia y la crueldad, tan habitual en las cárceles. Que no son otra cosa que un reflejo de la misma sociedad que las mantiene, alimenta y retro-alimenta. No más silencio”
Y al usarlas cumple, además, una promesa. En este blog se respetarán siempre las creencias religiosas de las personas. Contará el verdadero significado de eso que le LOGP denomina “reinserción social”. En su caso, como nada se hizo antes en ese sentido (pocas veces se hace algo...), una vez alcanzada la libertad, después de “diez años de pena y penalidades” vividas en más de media docena de cárceles españolas.
Actualmente el autor vive “fuera de España...” los primeros meses en libertad intentando reconstruir algo de lo que era su vida hace diez años. Rehacer sus relaciones familiares y sociales y, sobre todo: “hacerse con un mundo nuevo” que se parece poco a aquel del que fue arrancado hacia los infiernos*. Recuperar los sabores, los olores, el tono físico y un mínimo de equilibrio psicológico.
Su lengua materna es el árabe. Y aunque conoce perfectamente el armenio, el turco, el kurdo; y habla español y alemán con soltura; no se encuentra cómodo escribiendo en castellano. Escribe en árabe, porque piensa en árabe. Y esto representa una dificultad añadida para traducir correctamente el sentido de lo que quiere contar. Obtuvo la nacionalidad española en agosto de 1994. Pero en las cárceles españolas siempre fue tratado como un extranjero de piel oscura y asimilado al grupo de musulmanes (mayoritariamente marroquíes y argelinos). Grupos étnicos muy alejados de su origen. Prejuicios y perjuicios del sistema, o quizá poca cultura y menos ganas de escuchar por parte de sus agentes. Durante bastantes meses dieron por hecho que no sabía hablar castellano y que era “un moro más”, aunque vivía y trabajaba en Madrid desde 1989.
viernes, 21 de enero de 2011
"Ellas" y El Efecto Lucifer
El experimento de Philip Zimbardo se ralizó en 1979. Quizá por ello o porque buscaba una reproducción del entorno lo más real posible; en su anuncio y posterior selección, no incluyó mujeres. Y en cuanto apareció una mente femenina que observó el estudio desde fuera, forzó al ahora famoso profesor de la universidad de Satanford, a finalizar el experimento una semana antes de lo previsto. Inicialmente había previsto dos semanas y apenas duró una. Ella era su compañera, también de trabajo.
Esta parte del experimento que se detalla en el libro "El Efecto Lucifer" y que no hace mucho oí en boca del propio Zimbardo, es la que hoy me interesa. El resto lo he vivido a lo largo de los años que pasé en una prisión de un "estado democrático" y aún antes, en los internados en los que transcurrió mi vida hasta bien entrada la adolescencia. A pesar de lo cual, curiosamente, el recuerdo que retornaba a mi mente más tozudamente mientras leía el libro de Zimbardo, nada tenía que ver con funcionarios de prisiones. Y quiero contarlo porque si me marcó a mi que tantas cicatrices atesoro en el alma, seguro que algo hará sentir a otros, o al menos reflexionar.
He de decir, ante todo, que aún hoy, y ya han pasado más de quince años; aquella corta experiencia me empuja hacia la humildad en las pocas ocasiones en las que mi ego me hace creer que se suficiente sobre alguien, sólo con intercambiar un saludo. Trabajaba para un pequeño municipio de la costa en el que, por efecto del turismo, todos los veranos era necesario contratar a unos cuantos jóvenes que durante el verano ejercerían como auxiliares de la policía local. Las plazas eran pocas y los aspirantes muchos. Las presiones y recomendaciones no faltaban aunque sólo debíamos escoger personas idóneas para un "sencillo trabajo temporal" que posteriormente (y precisamente por el mal ejercicio) se reveló de una enorme importancia en un lugar muy visitado que quería seguir siéndolo. Era necesario dar la imagen de lo que realmente era: un pueblo marinero donde abundaba el buen marisco, docenas de playas estupendas y buena gente; encantada de recibir a tantos foráneos deseosos de probar lo antedicho.
Pues bien, todos los veranos nos equivocábamos estrepitosamente en la elección y cuanto más convencidos estábamos de haber escogido clones de Rick Deckard y Colombo; nos amanecían más pronto que tarde gemelos de Harry Calahan y Juez Dred. Todos los otoños prometíamos poner más cuidado el año siguiente pero nos volvíamos a equivocar. En las cenas semanales de otoño/invierno, haciendo balance del verano y las fiestas, nos reíamos de nosotros mismos, de nuestra incompetencia y del extraño efecto que el uniforme parecía ejercer sobre los elegidos. Si hubiésemos tenido a mano el libro de Zimbardo, no nos hubiésemos sentido tan culpables, tan inútiles por una labor que, tratándose de barrenderos, jardineros, secretarias, albañiles y demás personal municipal, nunca nos causaba problemas.
El último año conseguimos enmendarnos; seguíamos sin conocer los experimentos de Philip Zimbardo (yo no leí el libro hasta hace pocos años) y, sin embargo aplicamos un principio que se deriva del propio experimento aunque no lo mendiona. Contratamos sólo chicas... De todo aquello y de otras cosas que aprendí después al otro lado del alambre de espinos, surgió la necesidad de escribir esto que ahora pongo aquí. No había entonces necesidad como ahora de ser tan políticamente correcto. Lo escribí porque me pareció que aquella "revelación" nos había dado una solución y a algunos una lección (esos seguían justificando su machismo: para cuidar playas valen, ya veremos cuando tengan que meterse a solucionar una pelea.... y resultó que también en eso fueron mejores, con menos víctimas, siempre con menos violencia).
De todo aquello también aprendimos, amargamente, que las cárceles nunca podrán servir para lo que dice la Ley que deben servir: reinsertar a las personas en la sociedad. Si, porque este sistema que hemos construido no puede garantizar la seguridad de "nadie" y menos del ciudadano medio. Ningún sistema policial/judicial puede. Por eso se afanan tanto en demostrar su eficacia en "lo posterior". En el castigo de los presuntos culpables y culpables vuelca el sistema toda su rabia, toda su ineficacia, toda su frustración. Y es precisamente aquí, en este nuevo fracaso, donde la falacia penitenciaria muestra sus vergüenzas. La pantalla judicial su impotencia y todos ellos, agentes del sistema, su sumisión al gobierno de turno.
Deberían saber que la violencia no sirve para combatir el crimen. Puede que, como la democracia, sigan considerándola un mal menor... aún así, su ejercicio no debería impedir que se estudiasen seriamente otras alternativas y que muchos de los medios económicos empleados en represión se invirtiesen en educación...
Pero antes, por favor, habrá que resolver el tema de la educación. No podemos seguir, (amparándonos en el derecho de los padres a educar a sus hijos como quieran; que tampoco es cierto que la mayoría pueda escoger tanto ni se moleste en hacerlo) formando niños y niñas en entornos separados, con roles pretéritos que no nos dejan salir de este bucle en el que la violencia aflora sin necesidad de uniformes policiales. Aunque hay muchos tipos de uniformes y algunos están en el cerebro de las personas porque alguien lo quiso así.
Porque puede que la testosterona nos haya permitido sobrevivir en otros tiempos, pero es evidente que se ha quedado, como un viejo dictador agarrado a su poder biológico. Y los que enseñan conceptos machistas, aunque vayan ocultos en viejos libros y "sagradas" tradiciones; están dando un soporte cultural a algo que desgraciadamente no es más que una pesada herencia genética. Philip Zimbardo lo demostró en 1979.
A. V. de B.
miércoles, 4 de agosto de 2010
PAPEL MOJADO; ALMAS RECICLABLES
CAPÍTULO 3 (Al Final de las Últimas Cosas)
En la selección y formación del personal de prisiones se debe tener en cuenta la necesidad de mantener altos niveles de calidad en el cuidado de los internos.
Lo más deprimente de este lugar no es el musgo que se va adueñando de los rincones, la enorme magnitud de esa humedad que sube hacia las nubes acumulando allí la próxima riada que seguramente no evitará pasar por aquí. Ni siquiera lo espeso del aire y el maquillaje que amortaja el fondo de todos los objetos; del paisaje ficticio de este decorado cinematográfico sin futuro, que parece haber sido construido para rodar El País de Las Últimas Cosas, con vocación de western crepuscular, con pocos fondos. Una localización apresurada, fácil, barata y cutre.
No, lo más perturbador es esa pose que adoptan aquí todos los seres vivos, incluso las lombrices que reptan por el poco más de metro y medio de acera hacia la pared prefabricada, alzada por la subcontrata más barata; para confundirse con el gris oscuro y húmedo del cemento. Ese deseo que muere en el fondo de todos los ojos, en las tinieblas de todas las mentes, enganchado como alambre de espino en todos los corazones. Esa expresión cansada, ese ánimo ausente, inexistente. Esa frase de blues Interpretada por un saxo mortecino que; una puta cansada de tanto amor tararea en la madrugada, la letra de una canción mil veces interpretada con la penúltima copa en la mano: no se por qué he venido, a ver si hoy pasa pronto el tiempo.
Hace unos pocos años cuando llegué aquí y, durante los primeros días creí que este parsimonioso infierno, este tedioso estado de ánimo, sólo afectaba a los condenados. Pronto descubrí que, en realidad, nadie quiere estar en este lugar. Que lo que para los presos es una realidad que la mayoría acepta debido a la alienante rutina que automatiza y acompasa hasta los pocos momentos excepcionales que pueden llegar a existir en esta noche con demasiada luz. Una luz grisácea que mata cualquier momento con ánimo de intimidad. Esa luz que, sin embargo, no es suficiente para leer. Para los que no están presos, para los que no viven aquí; puede llegar a ser la más pesada de las realidades: una pesadilla que tienen que representar a diario. Poder no haber venido y haber llegado un día más, una noche más. Arrepintiéndose otra vez de haber escogido este trabajo o, de haber acabado trabajando en este lugar, y querer dejarlo ahora, cuando la sensación de que: ya es demasiado tarde para un cambio tan radical les paraliza… cuando entienden que la seguridad y la estabilidad de un puesto de la corona esta siendo también la muerte de su imaginación y, paradójicamente, les convierte en los únicos condenados a cadena perpetua que caminan como zombis por las ruinas de sus antiguas pero nunca olvidadas ilusiones. Y, terminan aceptando que forman parte de un subsistema que les alimenta el cuerpo, que se retroalimenta de su alma, fumándose su tiempo, sin resultados, sin compensaciones. Hasta los dos cachorros de labrador que trajeron hace un par de años en calidad de esclavos del sistema, hoy caminan con paso cansino y la misma expresión, apática y resignada de los otros. Parece que su privilegiado olfato haya absorbido toda la energía del purgatorio. Crecieron, vieron la realidad y seguro que, como todos, escucharon a Dante: “…perded toda esperanza los que aquí entráis…”.
La vida en prisión debe aproximarse lo más posible a los aspectos positivos de la vida en comunidad.
Y en medio de esa maraña de millones de células que caminan en grupos hacia la apoptosis, destinadas a morir y servir de argumento al canibalismo humano (…para el sistema, la opción más segura es activar su suicidio…); sin otro destino que existir en el vertedero, y sufrir observando como el tiempo huye llevándose su efímera existencia. Apareciste tú. Tú que entre tanta molicie, entre tanta rutina anorgásmica, traías en el brillo de tu mirada, en el engañosamente plácido estanque de tus ojos oscuros; una promesa de muerte auténtica, dramática, heroica. Y pude ver en esa sonrisa tuya la vocación del verdugo.
Y un escalofrío sacudió mis entrañas, viejos presagios de antiguas batallas regresaron de las tinieblas de mi memoria susurrando estigios lamentos y sombrías premoniciones con dulce sabor de amenaza: he ahí por fin una hembra de verdad con la fuerza de Lilit (la babilonia que anda entre las ruinas…). He ahí una que tiene el poder de mirar dentro del cráneo de los hombres, en las profundidades de la memoria más encriptada, justo detrás de tus ojos, allí donde nacen el amor y el odio que en realidad son una misma cosa…. Esta puede descubrir tus secretos y hacerte llorar de nuevo. Ella puede reciclar todas las almas. He ahí la valkiria que puede ponerte al borde de la muerte que deseas y cruzar el arco iris para llevar tu cadáver a Asgard… Y una nueva esperanza de redención creció en mi negro corazón. La ilusión de alcanzar las estancias celestiales, de rendir cuentas ante los dioses iluminó mi alma oscura y, una vez más la esperanza de morir luchando a manos de un enemigo digno y poderoso floreció ante mis ojos. Finalmente, ahora; todo aquel despliegue quedó en una ilusión, un espejismo. Una pena, un lamento. Abandonaste mi sueño al poco de comenzar la batalla y la traición me trajo un dolor que, aunque deseado, resultó ser tan falso como la esperanza primera; incapaz de hacer brotar las necesarias y deseadas lágrimas.
Aún siento su punzada cada vez que te veo pero, es el mismo dolor frió, seco y vacío que ya me acompañaba antes de tu llegada. Y ahora siento que es demasiado tarde, sé que no queda tiempo, quizá siempre fue demasiado tarde para mí. Por eso quiero revelarte estas cosas para que leas lo que no has querido escuchar. He empezado a escribirla quizá muy cerca del final por si no te interesa conocer el principio de la desolación. Para el resto de los mortales he de recomenzar...
CAPÍTULO 1 (Penetrando en las Últimas cosas)
Toda persona privada de libertad conserva todos aquellos derechos que no le fueron limitados por sentencia judicial.
Entré, y mientras caminaba pesadamente por caminos marcados por un tiralíneas que en ningún momento dejó el mínimo resquicio al arte; seguía a
un tipo que empujaba un carro que parecía haber sido construido sin
escuadra. Resultaba cruelmente evidente que las ruedas eran demasiado
pequeñas para la orografía que debía sortear a diario y cuando el
tipo, malhumorado, bajaba el carro del cemento al asfalto, la
artrosis de sus metálicos huesos chirriaba sufriendo con cada uno de
los salientes de gravilla mal compactada, como si cada rugosidad
fuese un latigazo de castigo. Castigo… para sufrirlo me había
resignado a andar aquel camino.
En el carro
iban todas las pertenencias que habían logrado pasar el control del
edificio de ingresos; el
primer lugar donde no pude evitar impregnarme del hedor de la
desidia.
Un control rutinario realizado por un par de tipos de uniforme que
parecían de paso por el departamento. No tenían nada claro qué
estaba prohibido y que podía pasar, se miraban indecisos y
preguntaban continuamente a un tercero del que sólo oí la voz. Cada
vez que preguntaban, algún objeto importante para mí quedaba
retenido. Así cayeron en el interior de una bolsa de basura negra:
un reproductor MP3, un cutter plano de podólogo, dos cajitas de té
verde, dos paquetes de tabaco para liar (que una semana después
recuperaría). El mismo camino siguió mi vieja maleta verde con
ruedas, compañera de tantos viajes.
Había
incluido algunos libros que no esperaba encontrar en la biblioteca de
una cárcel. No me equivoqué. Entre ellos: Heródoto, Conrad,
Tolkien, Graves, Marco Aurelio, Espinoza. Habían pasado sin
problemas el control. Ni los abrieron y tampoco me extrañó que no
lo hicieran. Y en ese momento, era el bienestar de esos libros lo
único que me preocupaba vista la indolencia, el descuido y la
brusquedad con la que aquel tipo huraño maltrataba el carro.
Recuerdo que pensé: si
así tratan a este inocente que no harán con el resto…
El
paisaje iba mostrando su desolación a cada metro. Había visto
lugares semejantes si: feos, descuidados, sucios. La diferencia
estribaba en algo menos superficial que logré identificar a medio
camino; un camino que me pareció largo, interminable. Me ayudó el
calor sofocante y aquel olor que mi memoria ya había logrado
descodificar: caminaba
por un campo de batalla.
Arrastraba mi alma por un Megido en el que ya se había librado más
de una vez la última guerra entre el bien y el mal y; por lo que
quedaba, por el hedor a sangre vieja y carne podrida, concluí que la
luz había sido masacrada una vez más.
Las condiciones penitenciarias que infrinjan los derechos humanos de los presos no pueden justificarse en base a la escasez de recursos.
Si. Ese; y no el de las pocas y marchitas flores que sobrevivían entre lo que el pasado invierno debió ser hierba verde; era el aroma que ascendía hacia el cielo azul, muy azul, junto al olor a agua estancada, a cloaca. Era sin duda el perfume de la muerte lenta, del abandono y la pena.
Cansado,
me detuve a pocos metros de la puerta metálica de un enorme barracón
con ventanas enrejadas. El tipo que empujaba el carro ya había
llegado al final del trayecto y me miraba con una expresión a medio
camino entre la indiferencia y el desprecio. Yo tampoco le amaba, ni
le odiaba, de él sólo me molestaba que no usase un buen
desodorante. Justo encima de la puerta, vi el número 12 pintado en
precario, como si se les hubiese agotado la pintura del bote de spray
antes de terminar. Nadie abría la puerta (las esperas frente a
puertas que se abren tarde forman parte de las múltiples técnicas
que la tortura adopta en este purgatorio) y; mientras esperábamos
bajo el calor asfixiante que nos regalaba una marquesina diseñada
para resguardar de la lluvia a los guardianes y que nada podía bajo
los rayos del sol de una tarde de junio. Adopté la apostura del
flamenco, cargando todo el peso de mi cuerpo sobre la pierna
izquierda e intenté distraerme observando una bancada de césped,
ahora muy seco, en el que las únicas plantas eran un par de
coníferas definitivamente momificadas entre mucha suciedad: botellas
de agua vacías (algunas parecían contener leche…); latas de
conserva, colillas, viejos condones sin anudar y bollos de pan en los
que no picoteaba ningún pájaro, en los que no roía ninguna rata
(al menos el pan sobraba…).
Hacía ya
demasiadas horas que había notado la ausencia de pájaros, la
ausencia de sustancia de vida. Comprendí que no quisieran
aventurarse dentro del recinto de la cárcel. No conozco los idiomas
de las aves, nunca he podido hablar con ellas, pero entiendo que
sientan horror por las jaulas aunque no sean humanamente conscientes
de su libertad. De su auténtica y arriesgada libertad. Mucho más
auténtica que la que yo había dejado en la puerta de esta jaula.
Extraño porque, el recinto está ubicado en medio del monte en el
hueco que antes cubría el agua de una laguna y… no había visto en
todo el camino ni un pájaro, ni una lagartija, ni otro animal que no
fuera el tipo del carrito y otros homínidos.
Calculé
que tenía tiempo para fumar un cigarrillo y lo encendí. Creo que lo
hice a posta, como cuando esperaba en la parada al autobús y no
llegaba. Bastaba que prendiese un cigarrillo y el gusano luminoso
aparecía. Me equivoqué. La puerta se abrió y tuve que apagarlo
apresuradamente sobre una mancha de sangre que hasta ese momento no
había visto. Una mancha que había sido rojo carmesí. Mucho más
joven de lo deseable. Mientras giraba el zapato sobre el cigarro
calculé que no debían pasado más de dos o tres días desde que le
habían echado arena encima (no debían disponer de serrín por estos
pagos).
CAPÍTULO 2 (Redescubriendo las Últimas Cosas)
Todas las prisiones deben de ser objeto de inspecciones gubernamentales regulares y de supervisión por parte de instancias independientes.
Pronto
descubriría que el serrín era una carencia mucho más lógica y
comprensible que las que penetraron por mis ojos y mis fosas nasales,
nublando y embriagando primero y mareando después buena parte de mis
neuronas, con
la fuerza del amoníaco,
una vez traspasada la puerta del barracón enrejado.
Nunca
imaginé, supongo que los pesimistas intentamos compensar la
tendencia natural con forzados pensamientos positivos, que la
fealdad, la suciedad y el abandono que me habían rodeado por el
camino y en los dos días que permanecí en el edificio de ingresos,
pudiesen ser superadas.
Me equivoqué una vez más. El interior era mucho peor y además, en
aquellos días de junio sólo se veía el sol en algunos rincones del
patio. El
patio…
una especie de caja para lagartos con apenas un estrecho soportal que
en invierno podría resguardar a unos cuantos de la lluvia; en este
verano, con el sol cayendo a plomo sobre el cemento actuaba como una
olla a presión. Si. Así podría considerarse el patio del módulo
12 en junio de 2006; una olla a presión en la que se iban hacinando
muchos más presos de los que el tamaño del recinto admitía con un
mínimo de dignidad.
Escribo
dignidad aunque, no había nada de dignidad allí entonces y hoy;
casi cuatro años después, poco ha mejorado el barracón 12 pero, sé
que si dejo de pensar en la dignidad, se que si dejo de escribir
dignidad, si no aludo a la dignidad de las personas de vez en cuando.
Un
día no muy lejano, todos en este infierno olvidarán que existen las
dos cosas. La dignidad y las personas.
Es la tentación de unos
pocos
y la tendencia de algunos
más,
de entre los que no puedo ni quiero excluir a una buena parte de los
propios condenados. Porque nadie puede pretender que le respeten, que
le traten como a una persona, como a un ser humano; si el mismo se
considera: nadie y se trata a si mismo como si fuese un ser carente
de voluntad y dignidad.
A la hora
que llegué al barracón, el patio era la segunda opción; la primera
la tuve ante mis ojos al traspasar la segunda puerta metálica. En el
lenguaje políticamente correcto se denomina Sala de Día. No es más
que una de las innumerables redundancias, bucles y rutinas verbales
irremediablemente cíclicas, muy habituales en la cárcel. Resulta
obvio que es una sala para el día dado que por la noche (desde las
20:30h hasta las 08:30h en verano); todos los presos han de estar
literalmente encerrados en una celda (celda: espacio de unos nueve
metros cuadrados, sin divisiones, con dos literas y dos homínidos
que han de vivir juntos, si o si).
Lo ilógico
de la distribución; la suciedad, que afectaba en la misma medida al
espacio y a los habitantes (si exceptuamos el penetrante olor, más
fuerte en los últimos), era
la impronta en aquella antesala del purgatorio
y; sobre todo el cuadro… si hubiese tomado una instantánea con una
cámara fotográfica, al compararla con las imágenes similares que
mi memoria, que trabajaba a destajo en aquellas horas, me ponía en
la retina (y que describo para que los que esto lean en el futuro se
hagan una mínima idea del impacto…); encontraría mucha similitud
con las de dos o tres espacios de un psiquiátrico que recorrí
siendo niño, en compañía de alguien
para visitar a alguien:
almas
perdidas en pasillos fríos e interminables.
Las
restricciones sobre las personas privadas de libertad deben ser las
mínimas necesarias y proporcionadas a los objetivos para los que
fueron impuestas.
Curiosamente, también me venían a la memoria, algunas estaciones de autobuses, sin vehículos ni viajeros; después centré un poco las imágenes y certifiqué que en realidad muchas caras de las que tenía frente a mí, podrían parecerse o incluso ser las mismas que pululan por casi todas las estaciones de autobuses. El único espacio de las ciudades que permite estar a cubierto, pasar desapercibido durante un lapso de tiempo, usar los servicios sin pagar consumición y algunas otras cosas necesarias que, personas como las que ahora me miraban con curiosidad, no tenían fácil en la jungla urbana.
Uno
de los espacios, quizá el único, más lógica y estratégicamente
situados, si hemos de tener en cuenta la seguridad y la vigilancia,
era la cabina en la que unos cuantos uniformados charlaban
animadamente entre ellos. Se trataba de una garita, situada justo
entre dos barracones idénticos, desde la que se podía ver
fácilmente el contenido de la sala de día, el comedor contiguo y
separado por cristales blindados y la caja de lagartos (patio de
día…); el resto lo vigilaban cómodamente sentados mirando las
cámaras situadas en las dos galerías inmediatamente situadas encima
de la sala y el comedor. Todo esto, incluidas fotografías de las
celdas, lo había visto años antes en un despacho de una
constructora, donde trabajaba alguien muy allegado, que me describió
detenidamente sobre los planos todos los corredizos y falsas paredes
por donde se puede acceder a las celdas sin abrir las puertas
(evidentemente, también se puede mirar y escuchar el interior ¡ah!,
y algo muy importante: cambiar las lámparas que iluminan las celdas
sin entrar en ellas. Por la puerta…).
Lo que no
se veía en las fotografías de los trípticos del Ministerio del
Interior, era que el suelo de las cabinas estaba elevado, de tal
forma que cuando un preso había de acudir para hablar con un
uniformado, aunque este último estuviese sentado, la cabeza del
condenado siempre quedaba por debajo de su pecho y; por si algún
recluso era demasiado alto, habían situado la trampilla por la que
se pasaban documentos y las cartas al interior de la cabina y
viceversa, a una altura tal, que hasta las personas de estatura
normal se veían obligadas a bajar la cabeza para hablar (o escuchar)
con el uniformado del interior.
Toda
una melodía de alienación, silenciosa.
Ahora ya sabía que cada vez que me acercase a entregar o recoger un
documento en la trampilla de la cabina, sería
prácticamente imposible no hacer una reverencia y agachar la cabeza.
Que no era suficiente con encerrar el cuerpo en un lugar inmundo por
un tiempo casi siempre exagerado, no. Además la fea y agresiva
arquitectura del recinto estaba diseñada para que la
exposición la falta de intimidad y la sumisión fuesen difícilmente
evitables.
Siempre
había sabido de la falacia
penitenciaria,
como de tantas otras: seguridad ciudadana, prevención del delito,
protección del contribuyente (eran falacias en todas las acepciones
posibles)… pero la penitenciaria la estaba experimentando ahora
mismo, física y espiritualmente. Estaba
comulgando desesperación y sólo era el tercer día.
CAPÍTULO 0 (Preparando el Viaje a Las Últimas Cosas)
Debe promoverse la cooperación con los servicios sociales del exterior y la implicación de la sociedad civil.
La había tenido entre mis manos y ahora descansaba sobre la mesa encima de un mazo de folios verdes, mientras yo intentaba conseguir en Internet, alguna información adicional sobre las prisiones en España. Inexistente, pareciera que en este país no hubiera cárceles, ni prisioneros. Cómo era posible que en una sociedad democrática, en un estado de derecho, en la era de la información; no hubiese ninguna asociación de defensa de los derechos civiles? Cómo era posible que, a excepción de los terroristas, ninguna asociación de exreclusos o, familiares de exreclusos tuviese un sitio en la gran red? Un lugar en el que expresar libremente y desde la libertad, lo que se había vivido dentro. Lo que, estaba seguro, seguía sucediendo dentro. Ahora lo entiendo mejor aunque, sigo sin aceptarlo. Lo importante ya figuraba en los folios verdes, los había llevado a imprimir dos días antes para poder leerlos cómodamente acostado. Eran más de cien y menos de doscientos folios procedentes de dos fuentes muy fiables (después de catorce años en el mundo de la comunicación uno sabe que la información tiene la importancia y la fiabilidad que tengan aquellos que te la facilitan o, te la venden). Un magistrado de la Audiencia Provincial de… y un Jefe de Servicios del Centro Penitenciario de… Sí. Así se llamaba a las cárceles, ya lo había leído en un artículo de Javier Marías y en los trípticos del Ministerio de Fomento: Centro Penitenciario, módulo, celda, interno, funcionario. Todo muy políticamente correcto, muy aparente, por fuera…
Había
reunido todo aquello y otra información que algunos amigos me habían
contado (sí, ya entonces tenía amigos que habían estado o estaban
en prisión, unos
como clientes y otros en plantilla)
porque, el sobre blanco que tenía sobre el mazo verde contenía una
carta en la que se me comunicaba que en quince días debía
incorporarme a la prisión que escogiese, excepto a las de Cataluña
(no tenía ninguna intención de ir preso a donde nunca quise ir
libremente…) y; no era este un viaje corto al que pudiese lanzarme
sin un mapa detallado. Magdalena, mi abogada, me había dicho que no
habían fijado una prisión determinada porque la localidad donde
tenía fijado el domicilio no disponía de este tipo de
establecimientos (otra ventaja hasta ese momento desconocida, de mi
paraíso preferido: pocos impuestos, mucho sol, muchas alemanas,
algunas
holandesas
y ninguna cárcel…).
Magdalena…
tuve que consolarla cuando me comunicó que no había podido impedir
que “la
sala…”
me condenase a dos penas de dos años y medio de prisión (total:
cinco años si no palmaba antes). Tú
has hecho todo lo que te dejaron hacer Magda. Has sido valiente, yo
lo sé, tú también. Para mí está bien y para ti debería estarlo.
Le dije. Es
lo mínimo que la Ley prevé para el delito en cuestión.
Insistí.
La prisión debe facilitar la reintegración en la sociedad libre de las personas que hayan estado privadas de libertad.
Y; Magdalena volvía una vez más sobre su propio sufrimiento: ¡pero si ni siquiera han sido capaces de demostrar que el delito existió, como pueden escribir que está probado que tú lo cometiste! pero, los dos sabíamos que la condena no tenía vuelta atrás. ¡Tenía que haber estudiado ingeniería, en este país no se puede ejercer! El derecho es suyo ¡que vergüenza! (se refería a jueces y fiscales). Después insistía: ¿por qué no quieres recurrir esta barbaridad? Mira, pido que suspendan la ejecución de la condena hasta que el supremo conteste y así por lo menos no tienes que entrar ahora…
Magdalena…
Magdalena…. Sabes que nunca les voy a dar lo que quieren y que por
ello he de pagar un precio: quieren cárcel, pues iré y punto.
Tranquilízate. No quiero que recurras porque no confío en esta
justicia. No olvides que ¡la petición era de once años! Si han
acordado condenarme a cinco; están demostrando que no lo tienen nada
claro pero también que les da miedo absolverme. ¿De verdad crees
que voy a arriesgarme a que el supremo decida que once era lo justo?,
no. Con cinco años es suficiente, no insistas.
Y Magdalena terminó aceptando la realidad, desde el principio sabía
que mi decisión era más firme que la sentencia.
Bueno…
dime donde quieres cumplir y haré lo imposible para que, al menos,
te traten adecuadamente y te pongan en tercer grado cuanto antes.
Así
me gusta,
le dije en el tono más cariñoso que pude, y añadí: de
poco me sirve una abogada llorona. Todavía no he decidido a donde
iré, te llamaré con antelación, no sufras, un beso corazón.
El
respeto a los derechos humanos de todas las personas privadas de
libertad.
Magdalena me envió más información, la LOGP, el Reglamento Penitenciario, normas de régimen interior de varias cárceles. Intuí que sería bueno aprenderme todo aquello antes de entrar y lo hice.
Incluido
un pequeño documento que logró ponerme los pelos como escarpias.
Comenzaba y concluía con estos dos párrafos:
“El
Comité de Ministros del Consejo de Europa, en su 952 reunión
celebrada el 11 de enero de 2006 adoptó la Recomendación 2006/2
(Rec. 2006-2), dirigida a los Estados miembros, en las que se exponen
las nuevas Reglas Penitenciarias Europeas que definen el estándar
mínimo en materia de respeto a los derechos humanos de la población
reclusa en Europa. Estas nuevas Reglas Penitenciarias Europeas
establecen 9 principios básicos en materia penitenciaria…/…
Por
último, se hizo un llamamiento a los Gobiernos para considerar sus
políticas penales, en el sentido de paralizar la tendencia creciente
a encarcelamientos masivos, que están provocando hacinamiento por
falta de recursos, a la vez que afectando a los derechos humanos de
los internos”.
Si
hacía seis meses, el comité ese aún andaba recomendando estos
mínimos, es porque no se estaban cumpliendo. Peor, tratándose de
derechos y libertades, España estaría a la cola. Si las sentencias
del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo no son vinculantes
aquí, ¿qué consideración podría a tener una recomendación? ¿Más
papel
mojado?
No quedaba sino batirse. Escoger una prisión donde el trato
fuese "humano"
y la corrupción
mínima (si es que existía).
Y eso hice…
* De los nueve principios básicos acordados en el Consejo de Europa; que figuran intercalados a lo largo de este relato, pocos se cumplen y en contadas ocasiones. Otros derechos fundamentales que figuran con gran ceremonia en la Constitución del 78 y muchos de los que recoge la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tampoco. Y a quien le importa ? la sociedad civil vive pidiendo más años de cárcel para todos los males y mirando para otro lado; hasta que les toca en la carne o de cerca, claro...
A. V. de B.
jueves, 19 de noviembre de 2009
Declaración de Principios
Un Estado totalitario realmente eficaz sera aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada en los actuales estados totalitarios a los ministerios de propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela. Pero sus métodos todavía son toscos y acientíficos.
Los mayores triunfos de la propaganda se han logrado, no haciendo algo, sino impidiendo que ese algo se haga. Grande es la verdad, pero más grande todavía, desde un punto de vista práctico, el silencio sobre la verdad. Por el simple procedimiento de no mencionar ciertos temas, de bajar lo que Mr. Churchill llama un telón de acero entre las masas y los hechos o argumentos que los jefes políticos consideran indeseables, la propaganda totalitarista ha influido en la opinión de manera mucho más eficaz de lo que lo hubiese conseguido mediante las más elocuentes denuncias y las más convincentes refutaciones lógicas.
Pero el silencio no basta. Si se quiere evitar la persecución, la liquidación y otros síntomas de fricción social, es preciso que los aspectos positivos de la propaganda sean tan eficaces como los negativos. Los más importantes proyectos del futuro serán vastas encuestas patrocinadas por los gobiernos sobre lo que los políticos y los científicos que intervendrán en ellas llamarán el problema de la felicidad; en otras palabras, el problema de lograr que la gente ame su servidumbre.
La seguridad tiende muy rápidamente a darse por sentada. Su logro es una revolución meramente superficial, externa. El amor a la servidumbre sólo puede lograrse como resultado de una revolución profunda, personal, en las mentes y los cuerpos humanos. Para llevar a cabo esta revolución necesitamos, entre otras cosas, los siguientes descubrimientos e inventos. En primer lugar, una técnica mucho más avanzada de la sugestión, mediante el condicionamiento de los infantes y, más adelante, con la ayuda de drogas.
En segundo lugar, una ciencia, plenamente desarrollada, de las diferencias humanas, que permita a los dirigentes gubernamentales destinar a cada individuo dado a su adecuado lugar en la jerarquía social y económica. (Las clavijas redondas en agujeros cuadrados tienden a alimentar pensamientos peligrosos sobre el sistema social y a contagiar su descontento a los demás.) En tercer lugar (puesto que la realidad, por utópica que sea, es algo de lo cual la gente siente la necesidad de tomarse frecuentes vacaciones), un sustitutivo para el alcohol y los demás narcóticos, algo que sea al mismo tiempo menos dañino y más placentero que la ginebra o la heroína. Y finalmente (aunque éste sería un proyecto a largo plazo, que exigiría generaciones de dominio totalitario para llegar a una conclusión satisfactoria), un sistema de eugenesia a prueba de tontos, destinado a estandardizar el producto humano y a facilitar así la tarea de los dirigentes.
A medida que la libertad política y económica disminuye, la libertad sexual tiende, en compensación, a aumentar. Y el dictador (a menos que necesite carne de cañón o familias con las cuales colonizar territorios desiertos o conquistados) hará bien en favorecer esta libertad. En colaboración con la libertad de soñar despiertos bajo la influencia de los narcóticos, del cine, la televisión y la radio, la libertad sexual ayudará a reconciliar a sus súbditos con la servidumbre que es su destino.
Esto venía a decir Aldous Huxley en 1932, que en su libro Un Mundo Feliz, ratrata una sociedad que utiliza la genética y la clonación para el condicionamiento y el control de los indivicuos. En esta sociedad, todos los niños son concebidos en probetas y son genéticamente condicionados para pertenecer a una de las cinco categorías de población. De la más inteligente a la más estúpida. Todos son necesarios para que el sistema funcione como un reloj. Los Alpha son la élite, los Beta los que ejecutan, los Gammas los empleados subalternos y los Deltas y los Epsilones, los que hacen los trabajos duros o sucios.
Pero sobre todo Huxley describe en "Un Mundo Feliz" lo que sería una dictadira perfecta, que tendría la apariencia de una democracia. Una prisión sin muros ni alhambradas en la que los presos no soñarían con la libertad. Ni siquiera sabrían lo que significa. Un sistema de esclavitud donde el gusto por el consumo y el entretenimiento haría que los esclavos amasen su propio servilismo.
A nosotros nos compete analizar si estos espacios en Internet son verdaderos paraísos virtuales de la libertad, al menos e la libertad de expresión y opinión para muchos, incluídos por supuesto los funcionarios del totalitarismo y las "clavijas cuadradas en agujeros redondos..". Si formamos parte de los esclavos usando una de las drogas sustitutivas de la libertad que el sistema pone a nuestro alcance (un espacio, como un tablón de anuncios debidamente enrejado y controlado) o por el contrario somos los últimos guerreros de la libertad, confinados a este espacio en el que la guerra de guerrillas hace menos daño al sistema, o a la apariencia que el sistema desea tener en la calle.
En todo caso, soy consciente de que la verdadera libertad fue asesinada hace bastante tiempo, en plena adolescencia. Nunca conseguiremos recuperarla, no a aquella libertad. Es cada día más dificil escapar a los ojos de tantos grandes hermanos que vigilan cada rincón de nuestras ciudades, tanto fuera como dentro de nuestras viviendas y los gobiernos se las ingenian para que seamos nosotros mismos los que pidamos más cámaras, más control, más policía, porque como dice el texto de Huxley, la seguridad es vital para conseguir el control de las sociedades.
Muchos libros ardieron pero, siempre hubo manos que escondieron del fuego y la opresión, aquellos que nos llegaron. Muchos de ellos llenos de sabiduría, con la que, como con cualquier otra cosa, se puede hacer el bien o el mal.
A. V. de B.
Por mi se va hasta la ciudad doliente
por mi se va al eterno sufrimiento
por mi se va a la gente condenada
La justicia movió a mi alto arquitecto
hízome la divina potestad
el saber sumo y el amor primero
Antes de mí no fue cosa creada
sino lo eterno y duro eternamente
dejad, los que aquí entráis, toda esperanza
"El Infierno, Canto III"
La divina Comedia
Dante Alighieri
A. V. de B.
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